Sucedió el pasado 10 de octubre. Acribillaron nuevamente al Che, pero ahora desde las páginas de un diario progresista.
Cuarenta años después de la muerte del guerrillero, el diario español El País recordó su asesinato (casi podríamos decir que lo "celebró") con un polémico artículo editorial que rasga vestiduras democráticas a costa de Ernesto "Che" Guevara, poco más que un bandido irresponsable y un criminal según el editorialista.
Lo interesante es que, amparándose en los propios reglamentos internos del diario (*), "unos 230 redactores, más de dos tercios de la redacción de El País, han firmado contra el editorial que el diario publicó hace unas semanas sobre el Che".
* Los trabajadores se amparan en esta cláusula de su Estatuto de redacción:
"III. Del cambio de la línea de la publicación y de la cláusula de conciencia.
Art. 7. Cuando dos tercios de la redacción consideren que una posición editorial de El País vulnera su dignidad o su imagen profesional, podrán exponer a través del periódico, en el plazo más breve posible, su opinión discrepante".
Dicho y hecho: el 18 de octubre El País publicó la siguiente nota:
"La Redacción discrepa del editorial sobre el Che
La Redacción de EL PAÍS quiere mostrar su disconformidad con el editorial titulado Caudillo Guevara, publicado el pasado día 10 de octubre. Más de dos tercios de los redactores (250) consideran que el texto publicado no abordaba en su totalidad la figura de un personaje como el Che Guevara que, con sus luces y sus sombras, es lo suficientemente compleja para haberla tratado como si no hubiera una escala de grises.
El Estatuto de la Redacción contempla la posibilidad de discrepar de un editorial siempre que se logren reunir las firmas necesarias, que cifra en un mínimo de dos tercios de los redactores. En ejercicio de este mecanismo de transparencia y democracia interna, único en la prensa española, se ha habilitado este espacio para dejar testimonio de nuestra discrepancia".
Lo que importa aquí no es si el artículo editorial tiene toda, parte o ninguna razón; lo relevante es que muchos de los propios trabajadores de El País no lo compartieron y marcaron distancia respecto de un texto que supuestamente representa la línea de pensamiento de todo el medio.
Honestos los redactores, pero honesto también un diario que se da estatutos como éste.
¿Por qué en Chile no existen estatutos parecidos en los medios?
Pregunta para el Colegio de Periodistas, los medios y las Escuelas de Periodismo.
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A CONTINUACIÓN, EDITORIAL DEL ESCÁNDALO:
Caudillo Guevara
Editorial de El País. 10/10/2007
El romanticismo europeo estableció el siniestro prejuicio de que la disposición a entregar la vida por las ideas es digna de admiración y de elogio. Amparados desde entonces en esta convicción, y a lo largo de más de un siglo, grupúsculos de las más variadas disciplinas ideológicas han pretendido dotar al crimen de un sentido trascendente, arrebatados por el espejismo de que la violencia es fecunda, de que inmolar seres humanos en el altar de una causa la hace más auténtica e indiscutible.
En realidad, la disposición a entregar la vida por las ideas esconde un propósito tenebroso: la disposición a arrebatársela a quien no las comparta. Ernesto Guevara, el Che, de cuya muerte en el poblado boliviano de La Higuera se cumplen 40 años, perteneció a esa siniestra saga de héroes trágicos, presente aún en los movimientos terroristas de diverso cuño, desde los nacionalistas a los yihadistas, que pretenden disimular la condición del asesino bajo la del mártir, prolongando el viejo prejuicio heredado del romanticismo.
El hecho de que el Che diera la vida y sacrificara las de muchos no hace mejores sus ideas, que bebían de las fuentes de uno de los grandes sistemas totalitarios. Sus proyectos y sus consignas no han dejado más que un reguero de fracaso y de muerte, tanto en el único sitio donde triunfaron, la Cuba de Castro, como en los lugares en los que no alcanzaron la victoria, desde el Congo de Kabila a la Bolivia de Barrientos. Y todo ello sin contar los muchos países en los que, deseosos de seguir el ejemplo de este mito temerario, miles de jóvenes se lanzaron a la lunática aventura de crear a tiros al “hombre nuevo”.
Seducidos por la estrategia del “foquismo”, de crear muchos Vietnam, la única aportación contrastable de los insurgentes seguidores de Guevara a la política latinoamericana fue ofrecer nuevas coartadas a las tendencias autoritarias que germinaban en el continente. Gracias a su desafío armado, las dictaduras militares de derechas pudieron presentarse a sí mismas como un mal menor, cuando no como una inexorable necesidad frente a otra dictadura militar simétrica, como la castrista.
Por el contexto en el que apareció, la figura de Ernesto Guevara representó una puesta al día del caudillismo latinoamericano, una suerte de aventurero armado que apuntaba hacia nuevos ideales sociales para el continente, no hacia ideales de liberación colonial, pero a través de los mismos medios que sus predecesores. En las cuatro décadas que han transcurrido desde su muerte, la izquierda latinoamericana y, por supuesto, la europea, se ha desembarazado por completo de sus objetivos y métodos fanáticos. Hasta el punto de que hoy ya sólo conmemoran la fecha de su ejecución en La Higuera los gobernantes que sojuzgan a los cubanos o los que invocan a Simón Bolívar en sus soflamas populistas.
sábado, 17 de noviembre de 2007
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